domingo, 2 de enero de 2011

Colette


Colette intentó buscar algún libro que alimentara su desespero, quizás algunas líneas que sus ojos ya hubieran recorrido; sería mas fácil así, buscar algún párrafo que ella misma hubiese subrayado, algo que tradujera la impotencia que sintió la noche anterior, en el momento justo en el que supo que él no regresaría a ese lugar.

“Es absurdo se decía a si misma, sentir dolor por perder lo que nunca has tenido, ¿como lograr dibujar con palabras los instantes no vividos? aquellos que no dejaron de ser simplemente miradas”

Él, había muerto en un accidente por lo demás ridículo, un conductor ebrio y perdido en su inmundo olor a alcohol atravesó las calles y se llevó la vida de ese hombre, sin embargo, él desde tiempo atrás deseaba su muerte, un deceso lleno de dolor y silencio, estaba hastiado de su vida, enfermo de ese bar al que cada noche le entregaba su presente hasta las primeras horas de la madrugada.

Perdida en su ignorancia, Colette creía que la ausencia de aquel hombre era porque quizá habría encontrado otro empleo, o tal vez habría salido de viaje, esas eran las razones que se decía así misma para alimentar la esperanza de volverlo a ver, y en silencio mantenía la insistente idea de poder encontrárselo cruzando cualquier esquina y en esa oportunidad si tener el valor para decirle algo, cualquier cosa.

Pasaron las horas construyendo días y los días se volvieron meses, el tiempo avanzaba tiñéndose de ausencia, regresó al bar muchas veces, quería verlo, quería saberlo detrás de aquella barra sirviendo tragos a solitarios, ebrios o a cualquier desentendido transeúnte que habría hecho una parada allí para distraer cualquier pena urgente, nunca lo encontró.

Aunque nunca supo de su muerte, en una tarde lluviosa en la que el frío congelaba sus pies, alzo su mano hacia el vacío, hacia la nada y la movió diciéndole adiós, a él, a su amor, a aquel mesero de un céntrico bar al que nunca le dio nada mas que un par de palabras, algunas miradas y muchos silencios, las lagrimas invadieron su mirada, el frío hizo temblar su cuerpo, con sus congeladas manos saco de bolso una hoja que empezó a humedecerse con las gotas de lluvia, que se confundían con algunas palabras y tachones, Colette la leyó:

“¿Donde estas?... Ni siquiera los versos de Baudalire, ni las cortas líneas de Cioran ayudan a hacer mi vida un poco más soportable.

Siento el dolor del Werther de Goethe, aunque yo no tengo el valor para causar mi muerte, siento la angustia de la Agnes de Kundera, auque solo ella podrá dibujar esa bella imagen de locura que esbozo su creador, siento el desasosiego de la Blimunda de Saramago al ver a Sietesoles en la hoguera.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que mi corazón parecía a punto reventar cada vez que tu mirada se estacionaba en la mía, que mi ser se estremecía con tus palabras, te fuiste antes de que pudiera decirte cuanto te adore en silencio, como percibí la soledad que marcaba tu vida, la melancolía que reinaba en tus días a pesar de la música y las risas de los extraños que invadían ese bar.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que pensaba en vos, en la necesidad de estremecerte, de invadir tu vida y hacerte una mejor persona, te fuiste sin que pudiera mostrarte mis letras, sin que pudiera presentarte a mis poetas y a mis escritores favoritos.

Te fuiste sin darme si quiera la oportunidad de llevarte a caminar por los lugares que huelen a historia, a existencialismo, a silencio y a muerte, o de mostrarte como un grupo de actores mortalmente melancólicos representan las obras de Dostoievski.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que no me iba a quedar en tu vida como un lastre, que solo quería con vos un par de instantes, los suficientes para borrar tanto dolor que cargas en vos, un par de instantes para llevarte a la estrella más alta, un par de instantes para grabar en mi alma tu sonrisa.

Adiós, encantador desconocido, parece que es hora de empezar a olvidarte”