sábado, 20 de agosto de 2011

SIETE HABITANTES




Primer ambiente: Galería Fisuras Bajo el Agua 


Virgilio había llegado temprano a la galería, era un viernes lluvioso el tráfico en esa ciudad era insoportable, esa noche se exponían las obras de un pintor japonés que desde su infancia y por orden de su padre había viajado a Inglaterra a estudiar para formarse como ingeniero; debía perpetuar la labor de la familia, para ellos el problema fue que el joven estudiante perdió el horizonte trazado por su padre y se extravío siguiendo un pincel; esa fue la historia que Virgilio leyó al llegar a ese lugar.


Como en todas las exposiciones, llenas de extraños y luego de saludar a las dos o tres personas encargadas, Virgilio se detuvo ante una de las obras, era sencilla, una mujer con un vestido rojo abrazando un árbol. No entendía porque esa escena que podría repetirse en cualquier parque de la ciudad llamaba poderosamente su atención.


Segundo ambiente: El interior de un viejo roble.

El encargado de leer los augurios cada mañana ante los habitantes del roble era Elias, un anciano que decía tener 582 años literarios, vivía en una pequeña habitación y su realidad se reducía a mirar siempre a través de su ventana.

Esa mañana no fue la excepción, Elias salió muy temprano y sin mayores preámbulos inicio su lectura:

“…Augurio del día 15786 de época del cuarto Mondúver: Al caer el sol de la tierra de los ajenos la simiente se encontrara su origen…”.


Eran siete los habitantes de roble, Elias el más antiguo había llegado allí luego de huir del mundo de los ajenos en donde no conoció el reposo;  Basha, selenita, contaba su existencia con lunas, había tenido que explicarle 99 veces a Denes porque sus horas, días y realidades se contaban con lunas, al final tan solo susurró: “… antes de huir y encontrar este lugar, era habitante de la luna…”; Denes, era un niño de 7 años, el más joven habitante del roble y el más pequeño peregrino de la época del cuarto mondúver, su historia se entrelazaba con el silencio, él también había huido de la tierra de los ajenos. Eunuco, Eunuco, Eunoco!!! Esas tres palabras fueron las únicas que escuchó mientras dedos y risas lo señalaban. 


Jacinto, el más huraño era Jacinto. Aunque contando los años transcurridos desde su nacimiento era más joven, la ostentabilidad de su ira lo había envejecido, habitaba el cuerpo de un hombre de 68 años, no hablaba con nadie,  se atrincheró en una vieja raíz del roble, de cuando en cuando lo único que ofrecía de si mismo eran sus gruñidos que hacían pensar a los demás que quizá eran truenos que la lluvia les regalaba, sin embargo después de cada gruñido acostumbraba a gritar: ¡Desgracia!, recordándole al roble y sus otros seis habitantes que Jacinto nuevamente había visto a través de una grieta hacia el mundo de los ajenos.


Ilea, habitó el mundo de los ajenos en años que para ellos son pasado. Misógino fue su última palabra antes de su silencio eterno, se la dijo al único hombre que amó, ese mismo que la historia recuerda como el mayor pesimista; a través de escritos se comunicaba con los demás. La inexorabilidad de su tristeza impidió que su voz turbara la realidad de su silencio.


El devenir nos lleva a la parte alta del roble, allí confundido entre hojas se encuentra Natalio, bajo otro nombre en la edad de plata lo llamaron dios, sin embargo por tocar su flauta mágica a deshoras fue condenado a habitar las ramas de cualquier árbol. Y aunque se cuentan más de 2500 años aun continúa confundido y pasa sus horas tratando de hallar el camino que lo lleve a la vía láctea ante el gran dios, quiere volver a tener sus privilegios y jugar a ser cualquier ajeno del mundo de los ajenos.


La ultima habitante es quien también que llegó al final de todos, lleva pocos días y aun no se acostumbra a la oscuridad del viejo roble, su nombre es Apolline, jugó a ser juez en su otra vida, su última decisión en ese rol fue una preclusión a favor de un ex heródico que en el estrado del tribunal aceptó que su única culpa era adorar a los primeros, verdaderos y únicos dioses que habían tenido los ajenos: los dioses griegos; esos mismos que los romanos se habían limitado a copiar de forma vulgar y mediocre.


Tercer ambiente: Plano de la irrealidad.

Virgilio que continuaba observando el cuadro se sintió un poco mareado así que decidió sentarse en una silla que le permitía continuar observando la obra, inclinó la cabeza y luego volvió a levantar su mirada, la mujer del vestido rojo había dejado de abrazar el árbol y con su brazo derecho le hizo una señal para que se acercara a ese lugar, tomo con sus manos el rostro de Virgilio y lo puso contra el árbol, - silencio- le dijo, solo escucha.


Natalio, toco su flauta mágica, un gruñido desde la raíz estremeció el roble, ésta vez Jacinto no grito la palabra desgracia, tan solo pidió silencio, Elias desde su ventana susurró su augurio: “…Augurio del día 15786 de época del cuarto Mondúver: Al caer el sol de la tierra de los ajenos la simiente se encontrara su origen…”, Ilea, Basha y Apolline se estremecieron mientras sus miradas incomprendidas se cruzaban, Denes sabía que había llegado el momento, se puso de pie, sacó de bolsillo una vieja hoja, le pidió a una luciérnaga que le regalara un poco de luz…


“Mi nombre en esta época es Denes, nací hace 7 años, hace 3 huí del mundo de los ajenos, en esa tierra me llamaban Saúl, hijo de Virgilio y Alicia, tu me llamabas hijo y yo te llamaba padre, hoy puedes dejar de buscarme, ahora soy habitante de este viejo roble bañado de una oscuridad en la que ni dedos ni risas me señalan. Padre que el tiempo no se trague tu vida. Virgilio que la vida no te quede a la mitad como nos pasó a nosotros”.


Primer ambiente: Galería Fisuras Bajo el Agua 


- Señor por favor retírese de la obra -, le dijo un celador a Virgilio que había recostado su rostro sobre el cuadro justo en el lugar preciso donde estaba dibujado el roble, una lagrima resbaló por el rostro de Virgilio al tiempo que levantaba su mirada, su lagrima había corrido la pintura, quedó dibujado un corazón con las ramas del roble.


Esa noche Virgilio compró el cuadro al llegar a su casa lo colgó en la sala, sobre la chimenea y luego lloró amargamente en silencio hasta quedarse dormido.


Diana Jaimes.



viernes, 19 de agosto de 2011