jueves, 27 de octubre de 2011

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Nos faltó tiempo



 

 


sábado, 20 de agosto de 2011

SIETE HABITANTES




Primer ambiente: Galería Fisuras Bajo el Agua 


Virgilio había llegado temprano a la galería, era un viernes lluvioso el tráfico en esa ciudad era insoportable, esa noche se exponían las obras de un pintor japonés que desde su infancia y por orden de su padre había viajado a Inglaterra a estudiar para formarse como ingeniero; debía perpetuar la labor de la familia, para ellos el problema fue que el joven estudiante perdió el horizonte trazado por su padre y se extravío siguiendo un pincel; esa fue la historia que Virgilio leyó al llegar a ese lugar.


Como en todas las exposiciones, llenas de extraños y luego de saludar a las dos o tres personas encargadas, Virgilio se detuvo ante una de las obras, era sencilla, una mujer con un vestido rojo abrazando un árbol. No entendía porque esa escena que podría repetirse en cualquier parque de la ciudad llamaba poderosamente su atención.


Segundo ambiente: El interior de un viejo roble.

El encargado de leer los augurios cada mañana ante los habitantes del roble era Elias, un anciano que decía tener 582 años literarios, vivía en una pequeña habitación y su realidad se reducía a mirar siempre a través de su ventana.

Esa mañana no fue la excepción, Elias salió muy temprano y sin mayores preámbulos inicio su lectura:

“…Augurio del día 15786 de época del cuarto Mondúver: Al caer el sol de la tierra de los ajenos la simiente se encontrara su origen…”.


Eran siete los habitantes de roble, Elias el más antiguo había llegado allí luego de huir del mundo de los ajenos en donde no conoció el reposo;  Basha, selenita, contaba su existencia con lunas, había tenido que explicarle 99 veces a Denes porque sus horas, días y realidades se contaban con lunas, al final tan solo susurró: “… antes de huir y encontrar este lugar, era habitante de la luna…”; Denes, era un niño de 7 años, el más joven habitante del roble y el más pequeño peregrino de la época del cuarto mondúver, su historia se entrelazaba con el silencio, él también había huido de la tierra de los ajenos. Eunuco, Eunuco, Eunoco!!! Esas tres palabras fueron las únicas que escuchó mientras dedos y risas lo señalaban. 


Jacinto, el más huraño era Jacinto. Aunque contando los años transcurridos desde su nacimiento era más joven, la ostentabilidad de su ira lo había envejecido, habitaba el cuerpo de un hombre de 68 años, no hablaba con nadie,  se atrincheró en una vieja raíz del roble, de cuando en cuando lo único que ofrecía de si mismo eran sus gruñidos que hacían pensar a los demás que quizá eran truenos que la lluvia les regalaba, sin embargo después de cada gruñido acostumbraba a gritar: ¡Desgracia!, recordándole al roble y sus otros seis habitantes que Jacinto nuevamente había visto a través de una grieta hacia el mundo de los ajenos.


Ilea, habitó el mundo de los ajenos en años que para ellos son pasado. Misógino fue su última palabra antes de su silencio eterno, se la dijo al único hombre que amó, ese mismo que la historia recuerda como el mayor pesimista; a través de escritos se comunicaba con los demás. La inexorabilidad de su tristeza impidió que su voz turbara la realidad de su silencio.


El devenir nos lleva a la parte alta del roble, allí confundido entre hojas se encuentra Natalio, bajo otro nombre en la edad de plata lo llamaron dios, sin embargo por tocar su flauta mágica a deshoras fue condenado a habitar las ramas de cualquier árbol. Y aunque se cuentan más de 2500 años aun continúa confundido y pasa sus horas tratando de hallar el camino que lo lleve a la vía láctea ante el gran dios, quiere volver a tener sus privilegios y jugar a ser cualquier ajeno del mundo de los ajenos.


La ultima habitante es quien también que llegó al final de todos, lleva pocos días y aun no se acostumbra a la oscuridad del viejo roble, su nombre es Apolline, jugó a ser juez en su otra vida, su última decisión en ese rol fue una preclusión a favor de un ex heródico que en el estrado del tribunal aceptó que su única culpa era adorar a los primeros, verdaderos y únicos dioses que habían tenido los ajenos: los dioses griegos; esos mismos que los romanos se habían limitado a copiar de forma vulgar y mediocre.


Tercer ambiente: Plano de la irrealidad.

Virgilio que continuaba observando el cuadro se sintió un poco mareado así que decidió sentarse en una silla que le permitía continuar observando la obra, inclinó la cabeza y luego volvió a levantar su mirada, la mujer del vestido rojo había dejado de abrazar el árbol y con su brazo derecho le hizo una señal para que se acercara a ese lugar, tomo con sus manos el rostro de Virgilio y lo puso contra el árbol, - silencio- le dijo, solo escucha.


Natalio, toco su flauta mágica, un gruñido desde la raíz estremeció el roble, ésta vez Jacinto no grito la palabra desgracia, tan solo pidió silencio, Elias desde su ventana susurró su augurio: “…Augurio del día 15786 de época del cuarto Mondúver: Al caer el sol de la tierra de los ajenos la simiente se encontrara su origen…”, Ilea, Basha y Apolline se estremecieron mientras sus miradas incomprendidas se cruzaban, Denes sabía que había llegado el momento, se puso de pie, sacó de bolsillo una vieja hoja, le pidió a una luciérnaga que le regalara un poco de luz…


“Mi nombre en esta época es Denes, nací hace 7 años, hace 3 huí del mundo de los ajenos, en esa tierra me llamaban Saúl, hijo de Virgilio y Alicia, tu me llamabas hijo y yo te llamaba padre, hoy puedes dejar de buscarme, ahora soy habitante de este viejo roble bañado de una oscuridad en la que ni dedos ni risas me señalan. Padre que el tiempo no se trague tu vida. Virgilio que la vida no te quede a la mitad como nos pasó a nosotros”.


Primer ambiente: Galería Fisuras Bajo el Agua 


- Señor por favor retírese de la obra -, le dijo un celador a Virgilio que había recostado su rostro sobre el cuadro justo en el lugar preciso donde estaba dibujado el roble, una lagrima resbaló por el rostro de Virgilio al tiempo que levantaba su mirada, su lagrima había corrido la pintura, quedó dibujado un corazón con las ramas del roble.


Esa noche Virgilio compró el cuadro al llegar a su casa lo colgó en la sala, sobre la chimenea y luego lloró amargamente en silencio hasta quedarse dormido.


Diana Jaimes.



viernes, 19 de agosto de 2011

domingo, 13 de marzo de 2011

LA FORMA DEL VACIO



Un café quedó pendiente, había algo que tenía que decirte: - las mujeres te han hecho mucho daño. – No, no es lo crees- me refiero a que cada mujer que ha llegado a tu vida ha dicho hágase tu voluntad–, convirtiéndote en uno de los hombres mas patéticos que he conocido.

Debo reconocer que eres un hombre muy atractivo – tienes el mejor cuerpo que jamás he visto -. Pero no te alcanza. Podrías ser igual que el mismo Apolo, pero igual que Dafne yo huiría de vos. – (Lo apostaría todo, - estoy segura que no sabes de qué hablo-).

Me sabes a hastío y vaciedad.- Hoy no recuerdo tu mirada–. Adivina, tampoco fue suficiente, algo perdida dibujaba un alma sin carácter, - recuerdo que permaneciste inmutable ante Baudelaire-. Después de eso - no es justo que los poetas tengan que presenciar tu desarraigo hacia los ecos de dolor dibujados en versos.

Entiéndelo – No quiero perder mi tiempo, ni mis palabras - , se que si me cruzo con vos en cualquier calle, no tendré la voluntad de detenerme porque no hay nada en ti -. Como escribe Medina, representas la forma del vacío.

Tu lenguaje es limitado, tus conversaciones no son inteligentes – y esa manía de decirle a cada mujer que te cruzas “nena” – refleja tu falta de tacto para tratarlas. – No vales mas de lo que has gastado formando tu cuerpo- Cuando el tiempo se lo trague, no valdrás nada.

Déjalo ya así. – A la vuelta de cualquier esquina encontraras a cualquier mujer dispuesta a adorarte – aprovéchala. Aférrate a mi ausencia. – Sí, - lo sé – no hay alguien más como yo -. Lo siento. – No sos a quien busco. – Él está ahí, quizá.

Ebriedad de ausencia.

domingo, 2 de enero de 2011

Colette


Colette intentó buscar algún libro que alimentara su desespero, quizás algunas líneas que sus ojos ya hubieran recorrido; sería mas fácil así, buscar algún párrafo que ella misma hubiese subrayado, algo que tradujera la impotencia que sintió la noche anterior, en el momento justo en el que supo que él no regresaría a ese lugar.

“Es absurdo se decía a si misma, sentir dolor por perder lo que nunca has tenido, ¿como lograr dibujar con palabras los instantes no vividos? aquellos que no dejaron de ser simplemente miradas”

Él, había muerto en un accidente por lo demás ridículo, un conductor ebrio y perdido en su inmundo olor a alcohol atravesó las calles y se llevó la vida de ese hombre, sin embargo, él desde tiempo atrás deseaba su muerte, un deceso lleno de dolor y silencio, estaba hastiado de su vida, enfermo de ese bar al que cada noche le entregaba su presente hasta las primeras horas de la madrugada.

Perdida en su ignorancia, Colette creía que la ausencia de aquel hombre era porque quizá habría encontrado otro empleo, o tal vez habría salido de viaje, esas eran las razones que se decía así misma para alimentar la esperanza de volverlo a ver, y en silencio mantenía la insistente idea de poder encontrárselo cruzando cualquier esquina y en esa oportunidad si tener el valor para decirle algo, cualquier cosa.

Pasaron las horas construyendo días y los días se volvieron meses, el tiempo avanzaba tiñéndose de ausencia, regresó al bar muchas veces, quería verlo, quería saberlo detrás de aquella barra sirviendo tragos a solitarios, ebrios o a cualquier desentendido transeúnte que habría hecho una parada allí para distraer cualquier pena urgente, nunca lo encontró.

Aunque nunca supo de su muerte, en una tarde lluviosa en la que el frío congelaba sus pies, alzo su mano hacia el vacío, hacia la nada y la movió diciéndole adiós, a él, a su amor, a aquel mesero de un céntrico bar al que nunca le dio nada mas que un par de palabras, algunas miradas y muchos silencios, las lagrimas invadieron su mirada, el frío hizo temblar su cuerpo, con sus congeladas manos saco de bolso una hoja que empezó a humedecerse con las gotas de lluvia, que se confundían con algunas palabras y tachones, Colette la leyó:

“¿Donde estas?... Ni siquiera los versos de Baudalire, ni las cortas líneas de Cioran ayudan a hacer mi vida un poco más soportable.

Siento el dolor del Werther de Goethe, aunque yo no tengo el valor para causar mi muerte, siento la angustia de la Agnes de Kundera, auque solo ella podrá dibujar esa bella imagen de locura que esbozo su creador, siento el desasosiego de la Blimunda de Saramago al ver a Sietesoles en la hoguera.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que mi corazón parecía a punto reventar cada vez que tu mirada se estacionaba en la mía, que mi ser se estremecía con tus palabras, te fuiste antes de que pudiera decirte cuanto te adore en silencio, como percibí la soledad que marcaba tu vida, la melancolía que reinaba en tus días a pesar de la música y las risas de los extraños que invadían ese bar.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que pensaba en vos, en la necesidad de estremecerte, de invadir tu vida y hacerte una mejor persona, te fuiste sin que pudiera mostrarte mis letras, sin que pudiera presentarte a mis poetas y a mis escritores favoritos.

Te fuiste sin darme si quiera la oportunidad de llevarte a caminar por los lugares que huelen a historia, a existencialismo, a silencio y a muerte, o de mostrarte como un grupo de actores mortalmente melancólicos representan las obras de Dostoievski.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que no me iba a quedar en tu vida como un lastre, que solo quería con vos un par de instantes, los suficientes para borrar tanto dolor que cargas en vos, un par de instantes para llevarte a la estrella más alta, un par de instantes para grabar en mi alma tu sonrisa.

Adiós, encantador desconocido, parece que es hora de empezar a olvidarte”

martes, 16 de junio de 2009

Leyendo Poesía

Escuchando una melodía de Beethoven, esa misma que suena cuando los solitarios se quieren embriagar leyendo poesía, me perdí, en una historia ajena, triste, y tan real como aquellas pequeñas gotas de lluvia que aguardan con paciencia en las pesadas nubes, gotas que esperan por inundar el pétalo de alguna flor que enterrada en su suelo implora al cielo la llegada del otoño para morir en sus brazos; asi perdida en esa historia solo atine a escribir:
“Los imagino en este mismo momento, ella continua allí sentada escribiendo, leyendo y escribiendo, el existe, pues algún día en medio de palabras perdidas le grito que le cambiaría la vida, ella quiere inmortalizarlo porque el no esta y parece haber olvidado su promesa. Imagino esa historia donde la agonía de no tenerse hace eterna la ausencia que los arroja a un foso de incertidumbre, no hay trucos, no hay trampas, no hay coartadas, para salir de allí una luz opaca, sin secretos, sin mentiras, cada noche un eterno desvelo, tal vez ésta historia que acabo de inventar no va para ningún lado, sin embargo ella continua allí sentada escribiendo, escribiéndole y el continua allí sujetándose, sujetándola en ese mundo de tango que aun se escucha a pesar de todo, a pesar de nada”.
Ebriedad de Ausencia